Muajajajaja!!!
Proclamación de Inmortalidad
La última semana del nostálgico y naranja otoño de 1871, mi última semana de estancia en El Cairo, compré en el bazar un pequeño cofre de ébano con preciosas incrustaciones en marfil. La verdad es que ignoro la procedencia de dicho cofre, pero más aún , la autenticidad del misterioso manuscrito que he hallado dentro, el cual ha sido escrito al reverso de una página redactada en latín.
Tal vez sólo sean delirios de una mente fantástica, pero espero que aquel que lo lea pueda disfrutarlo al igual que yo lo hice, a pesar de mis limitados conocimientos.
(La fecha junto con la primera parte del relato es ilegible a causa del deterioro, además de tener la apariencia de haber sido expuesto levemente al fuego.)
…han encerrado. He errado estos pasajes durante toda una vida. He olvidado la frescura del Éufrates y el Tigris, la suavidad del viento mediterráneo rozando mis pulmones, el resplandor del mismo Sol… He empezado a desconocer el mundo exterior. Empiezo, incluso, a desconocer el cuerpo como parte mía. Mis ojos empiezan a rechazar lo estético de las formas materiales. Ahora los oídos desconocen el rozar de la pluma, la nariz ha perdido el efímero placer de olfatear, y la piel la capacidad de erizar los vellos corporales. Sin embargo no soy sordo, ni tampoco ciego, ni mucho menos incapaz de sentir, puesto que aún conservo la concepción de mí mismo, no como un cuerpo físico que ya se ha perdido en un laberinto, sino como un pensamiento, que estuvo mucho tiempo extraviado en un hipogeo de carnosidad cerebral centelleando una y otra vez en miles de millones de explosiones sinápticas, puesto que no fue fácil concretarme en una idea que abarque todo mi ser, aunque el rumbo siempre me fue fácil divisarlo. He buscado durante siglos el elixir de la vida en los libros, cómo prevalecer el pensamiento humano, cómo trascender sin el cuerpo que he dejado atrás, ese cuerpo que se pudrirá en cuestión de años y desaparecerá en cuestión de siglos.
Así pues, ante todo testigo alejandrino, me proclamo inmortal. Inmortal por mis ideas infinitas, por mi imaginación sin límites, por mi insaciable deseo de sabiduría.
Dicho esto, me complazco al arder en este recinto junto con todas las pasiones que miles de literatos derramaron con tanta efusividad en estos libros, pero no sólo autores de miles de obras, sino también autores de mi inmortalidad.